Todos nos sentimos agobiados en el transcurso de nuestra vida diaria. Con un tiempo libre mínimo y una gran cantidad de obligaciones nos vemos obligados a soportar una gran presión y generar estrés. Convivimos con ello intentando escapar continuamente ya sea intentando picar algo, yendo al baño o simplemente refujiandonos en nuestra mente para ausentarnos del mundo real. Podemos decir que nos desplazamos a un mundo más cálido que nos permite calmar el espíritu. Huimos del gélido viento que con fuerza erosiona nuestro ser para llenar los pulmones con la pura brisa que parece mecer tu cuerpo con una suave armonía, liberando fragancias que con suave contoneo te hacen olvidar el mundo terrenal del que bienes, un mundo en el que el tono rosado de tus mejillas da a entender que tu límite se aproxima y no la extasiante felicidad que te produce el melodioso canto que emana de la tierra. Lamentablemente las frías manos de la realidad te arrastran y una tras otra, te apartan de este locus amoenus, alejandote, haciendo de esta fantasía nada más que un sueño, un recuerdo amargo al contemplar la desdicha de haber sido desterrado de estas tierras.
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